viernes, 7 de diciembre de 2012

Cuando llegas a lo más alto



  Cuando llegas a lo más alto de la montaña, te olvidas de todo. Te olvidas del frío polar, del dolor que sientes en todos los músculos de tu cuerpo, de las dos bolas como media pelota de tenis que te han salido en las espinillas gracias a unas botas asesinas que llevas todo el día puestas, de que no sientes los 10 dedos de los pies desde las 10 de la mañana, de que un tío vestido de amarillo fluorescente te ha dado con un bastón en la cara bajando del telesilla, de que te has levantado a las 8 de la mañana, a pesar de estar de vacaciones, de que cada vez que vas al baño tienes que quitarte tres capas de ropa, las gafas, el gorro, los guantes, los tirantes, bajarte el pantalón, el pantalón interior…. y volvértelo a poner todo de nuevo cuando acabas.

  Cuando llegas a lo más alto de la montaña, te olvidas de todo. Miras hacia delante y ves un mar de montañas y nubes. El viento te da en la cara, apenas si puedes respirar. Te subes las solapas del abrigo, agarras con fuerza los bastones y comienzas el descenso. Nunca has experimentado tal sensación de velocidad y libertad. Sólo escuchas el viento y el sonido de tus esquís contra la nieve, blanca, a esas horas inmaculada, que parece nata lista para comer. ¡Qué placer surcar con tus tablas ese trocito que todavía nadie ha pisado!

   Hay gente por todas partes, pero tú crees estar completamente sola. Te concentras en cada movimiento, en cada giro. Disfrutas… y te dejas llevar… 



lunes, 26 de noviembre de 2012

Encuentro



Él la vio a lo lejos, no esperaba encontrársela tan pronto.

Ella caminaba distraída, pensando en un millón de cosas.

Él no dejaba de mirarla. Vestía una camisa negra, un poco transparente, se intuía su cuerpo. No habría podido dejar de mirarla.

Ella levantó la cabeza levemente. Parpadeó hasta tres veces, como si no pudiera creerlo. Allí estaba él, en medio de la calle, parado, esperándola.

Él sonreía.

Ella sonreía. 

Él estiró sus brazos, necesitaba tocarla.

Ella dejó lo que llevaba encima, todo cayó al suelo. Se paró delante de él, se puso de puntillas y hundió la cara en su cuello, llenando los pulmones con su olor para no volverlo a olvidar.

Él le dijo “Te quiero”.

Ella cerró los ojos y deseó que ese momento no acabase nunca.

lunes, 19 de noviembre de 2012

La tarta de chocolate más rica del mundo


Ya os he hablado de ella, es la tarta de chocolate más rica del mundo, la que me hace mi madre cada año por mi cumpleaños. Y hoy, 31 años después, aquí estoy, comiéndome un buen trozo. Dicen que madre no hay más que una... 



Me he pasado el día dando las gracias a todo el mundo... y lo voy a terminar igual. GRACIAS A TODOS, me hacéis sentir muy especial.



Si quereis preparar esta auténtica tarta, os dejo la receta que podeis seguir.






domingo, 11 de noviembre de 2012

Anti-ternura



-¡No te soporto! ¡No te soporto! – Elena vuelve a la carga, una noche más. -¡Estoy cansada! ¡Siempre las mismas excusas! -  Aunque realmente han llegado a ese punto en que no importa la hora del día, discuten sin parar en cualquier momento. 

Doblo la almohada alrededor de mi cabeza intentando amortiguar los gritos de mi vecina. Me he acostado pronto, estoy hecha polvo y tengo que darme un buen madrugón mañana. Pero mis vecinos se encargan de recordarme que no estoy sola en este mundo y que aquello de dormir toda la noche a pierna suelta es poco menos que una utopía. 

-¡Ramón, estoy harta! ¡HARTA! – La verdad es que el pobre Ramón me da una pena terrible. Elena siempre grita, acusa, amenaza… y a él apenas se le oye. Se ha convertido para mi en la víctima de esta historia, aunque probablemente sea más culpable de lo que puede parecer. 

¿Cómo es posible convivir con alguien a quien se supone que quieres y pasarte el día reprochándole todo, hablándole en un tono con el que yo no hablaría a mi peor enemigo? No entiendo nada. ¿Por qué no se separan, aunque sea una temporada? A lo mejor lo que necesitan es echarse un poco de menos para cogerse con más ganas.

Es extraño conocer los problemas más íntimos de dos completos desconocidos. Preferiría oírlos haciendo el amor, o diciéndose que se quieren a grito pelado, pero eso creo que hace tiempo que han dejado de hacerlo.

Me quito la almohada de las orejas. Hoy parece que van para largo. Elena sigue con su serenata y Ramón aguanta el chaparrón con estoicismo. Me doy la vuelta, inspiro profundamente. Al final el cansancio ganará, dejaré de oírlos y dormiré….

lunes, 5 de noviembre de 2012

Ternura

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Hoy ha venido a mi oficina un señor, en principio, uno de tantos clientes que entran a la sucursal. Tendría unos setenta años. Se ha acercado sonriendo, me ha dado los buenos días y me ha preguntado cómo estaba. Era la primera vez que nos veíamos, no nos conocíamos.

Me ha entregado su libreta porque quería sacar dinero de su cuenta. Cuando la he abierto, ha caído un papel de dentro. Era una fotocopia de un DNI de los de antes.

-       Caballero, llevaba aquí este DNI- le he dicho, mientras se lo devolvía.
-       Sí, es mi mujer, la persona que más quiero en este mundo.

Me ha enternecido tanto su comentario, que he debido poner cara de corderete, porque ha continuado diciéndome:

-       Y cada año que pasa, la quiero más todavía.

domingo, 21 de octubre de 2012

El otoño de la vida



Era temprano, se despertó sobresaltado. Aquellas imágenes volvían una y otra vez a su cabeza. Se sentó al borde de la cama. Tomó el libro que tenía sobre la mesita y lo abrió por la primera página:




“A Octavio, mi inspiración.




 Florece hoy
el otoño de la vida,
las hojas caen.”







Los recuerdos de aquel verano en que conoció a Ryoko llenaron sus ojos de lágrimas.
Su llegada al pueblo fue todo un acontecimiento. Aquella japonesa de grandes ojos negros como aceitunas no dejaba a nadie indiferente. Su cabello color azabache le llegaba hasta la cintura, lacio, brillante, y el flequillo recto que casi tapaba sus ojos le daba un toque inocente, aunque su mirada, profunda, era fiel reflejo de la amplia experiencia que aquella exótica mujer llevaba a sus espaldas.

Octavio la recibió en la Plaza Mayor. Ella se había puesto en contacto con él con el fin de alquilar para todo el verano la casa que tenía en las afueras del pueblo. Ryoko llegó puntual, enfundada en un sencillo vestido de tirantes, buscó con la mirada a Octavio. Se presentaron, apenas hablaba unas cuantas palabras en español. Se entenderían mejor en inglés. 

Fueron paseando hasta la casa, era antigua, heredada de sus padres, pero la mantenía en perfectas condiciones. Ryoko apenas hablaba, pero parecía que le había gustado, se inclinaba continuamente en señal de agradecimiento.

Días después se acercó a visitar a su inquilina, no había tenido noticias suyas desde la llegada. Detuvo el motor del coche y escuchó música. La ventana del salón estaba abierta y se escapaba hacia el jardín una dulce melodía. La identificó rápidamente, era el conocido Canon de Pachelbel, él también era amante de la música clásica. Llamó al timbre de la puerta y enseguida la japonesa le recibió con una inclinación de cabeza. Le invitó a pasar, bajó el volumen de la música y le ofreció un té, que Octavio aceptó encantado. Aquella señora debía tener su edad, rondaría la cincuentena, pero su cuerpo delgado y esbelto la hacía parecer mucho más joven. 

Octavio intentaba entablar conversación, pero ella le contestaba con respuestas cortas, era tímida, o quizá era la diferencia cultural lo que a él le parecía timidez. Poco a poco y casi sin darse cuenta, la charla comenzó a fluir. Hablaron de sus trabajos, ella era escritora y, según le contó, bastante conocida en el país del sol naciente. Precisamente había llegado a parar ese verano a su pueblo, a su casa, para concentrarse en escribir un nuevo libro, un libro de haikus. Ante la mirada interrogante de su interlocutor, Ryoko le explicó que un haiku era un poema breve tradicional japonés. Hablaron de sus hijos, de su infancia, del pueblo, de Japón,… empezaba a atardecer cuando decidieron salir a dar un paseo por los alrededores, el paisaje que rodeaba a la vivienda era de ensueño. Siguieron charlando y riendo durante horas, tomaron una cena ligera que se alargó con una copa en el sofá. Octavio cayó en la cuenta de que acababa de conocer a unas de esas personas especiales, de las que nunca olvidas.

Tras aquella primera noche, vinieron muchas más y ambos entablaron una fuerte amistad. Hacía ya tres años de aquello, tres veranos maravillosos en los que ambos habían disfrutado de su mutua compañía. Alguna vez se le pasó por la cabeza que aquella relación pudiera ir un poco más allá, pero sabía que a su edad esas cosas ya no ocurrían.

Todavía no podía creer lo que habían visto sus ojos el día anterior. Llegó a la casa, como tantas otras veces, detuvo el motor de su coche, escuchó la música que en tantas ocasiones había escuchado. “Ryoko está escribiendo”, pensó, “siempre lo hace escuchando este canon.”
Se acercó a la puerta, estaba abierta. Una sonrisa se dibujó en su rostro, le estaba esperando para salir a dar su habitual paseo vespertino. Cruzó el salón, sobre la mesa estaban sus notas, sus bolígrafos, su máquina de escribir. Delante de la mesa, una silla vacía. 

“¡Ryoko!”, levantó un poco la voz para que pudiera oírle por encima de la música. Entró en la cocina. Estaba tirada en el suelo, inerte, con la cabeza ladeada y su pelo color azabache tapándole la cara, como si no quisiera que él viera lo que le habían hecho. Ese delgado y esbelto cuerpo parecía ahora tan débil y pequeño. Octavio la cogió entre sus brazos, retiró el cabello de su cara y, por fin, la besó. 





Johann Pachelbel Canon in D Original Instruments from Voices of Music on Vimeo.