domingo, 2 de marzo de 2014

59 segundos



29 segundos y medio es la mitad de 59 segundos. En un espacio tan breve de tiempo apenas pueden ocurrir cosas importantes. Es el tiempo que tarda en calentarse un vaso de leche en el microondas, o lo que tarda mi portátil en arrancar. En 59 segundos hay mañanas que me sobra tiempo para vestirme, aunque hay otras en las que necesitaría 59 horas. Hay espacios publicitarios en televisión que duran más...

… pero 59 segundos fueron suficientes para que mi vida dejase de ser vida, y se convirtiese en un abismo.

Miguel llegaba al aeropuerto a las 8 de la tarde. Sólo llevaba fuera tres días y había dejado el coche allí para que no tuviera que ir a buscarlo, pero no me pude resistir a acercarme a la terminal de llegadas. La espera, sola en casa, se habría hecho interminable. Su avión llegó puntual, incluso unos minutos  antes de la hora prevista. Después de ver desfilar a un centenar de pasajeros, apareció tirando de su pesada maleta. Se acercaba rápidamente hacia mí sin verme, concentrado en su equipaje. Por fin, levantó su mirada, que se cruzó con la mía, y la sonrisa que llevaba tres días añorando me besó los labios.

   ¿Qué haces aquí? Te dije que no vinieras… — me dijo, mientras me abrazaba la cintura y su nariz se perdía en mi cuello. Lo decía por decir, yo sabía que le gustaban tanto los recibimientos como odiaba las despedidas.

Con la maleta en una mano y yo en la otra, salió decidido hacia el aparcamiento. Guardó el equipaje en el maletero, se quitó el abrigo que colocó con suavidad en el asiento del acompañante y de nuevo me besó, como si faltase una eternidad para llegar a casa, en lugar de un cuarto de hora de autovía.

Esperó con el coche en marcha a que mi Renault saliese delante de él. Siempre lo hacía, “prefiero ir detrás, vigilándote”, me decía, con esa mirada pícara que me había enamorado años atrás.  Salimos del aparcamiento, nos incorporamos a la autovía. Había tráfico, aunque era fluido. Lo perdí de vista un par de veces, a pesar de miraba más al retrovisor que a la carretera. Volví a localizarlo unos cuantos coches por delante de mí. 

Miguel puso el intermitente para coger la siguiente salida, "Centro ciudad". Yo le seguí de cerca. Recorrimos buena parte de la circunvalación a buen ritmo, hasta que un semáforo que brillaba en rojo nos obligó a detenernos. Sintonicé la radio en el dial 90.2 y una Bohemian Rapsody a todo volumen rompió el silencio del interior de mi coche. Supuse que Miguel también escuchaba esa misma emisora, porque noté como movía su cabeza de un lado a otro e intuí que había empezado a formar un dueto con Mercury. 29 segundos y medio.

El hombrecillo verde del semáforo comenzó a parpadear. Miguel levantó el pie del embrague y el coche inició lentamente la marcha. La rapsodia llegaba a su punto álgido. Estoy segura de que ni siquiera se dio cuenta de que un Golf a 80 kilómetros por hora se saltó su semáforo en el último segundo del color ámbar y se empotró en el frontal de su querido Megane. Perdí la cuenta de las vueltas que dio sobre sí mismo, ya no podía contar, ni hablar, ni pensar. No recuerdo haber salido del coche, corrido a su lado, gritado su nombre. Sólo recuerdo una acalorada pelea con el conductor del descontrolado Golf, en la que le pegué puñetazos en el pecho, patadas en las piernas. Al rato me di cuenta que aquello no era un pelea, él no atacaba, ni se defendía. Mis golpes no le dolían porque aquel pobre chico ya estaba roto.  

59 segundos es lo que dura un semáforo en rojo. Ahora lo sé. Nunca antes me había parado a pensar en ello.



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