sábado, 16 de febrero de 2013

Maravillas




Su disfraz estaba preparado, perfectamente planchado y  colgado de una percha. Este año sorprendería a todos, no cabía la menor duda. 

Mara descolgó el traje, se vistió en un abrir y cerrar de ojos y cubrió su cara con el antifaz. Era hora de marcharse. Salió a la calle, un frío invernal se le metió en los huesos. Se abrochó el abrigo hasta la nariz y emprendió su camino hacia la fiesta. Le sorprendió no cruzarse con nadie en una noche como aquella, sábado de carnaval, ni un coche, ni un peatón, absolutamente nadie. Estaba muy oscuro, un escalofrío recorrió su cuerpo, pero  siguió con paso ligero su camino. En ese momento, algo llamó su atención. Era la Casa Medrano, un edificio abandonado desde hacía años que destacaba por su sobrecargada fachada. Era una construcción antigua y estaba muy descuidada, pero se percibía que en otra época había sido majestuosa. Quedaba justo a su izquierda, no le agradaba pasar por delante de ella, incluso a veces sobre todo por las noches, se cruzaba de acera. A pesar de llevar años deshabitada, Mara vio luz en una de sus ventanas. ¿Cómo es posible?, se preguntó, mirando hacia la primera planta desde detrás de su antifaz. Aquella casa le ponía los pelos de punta, se oían todo tipo de terroríficas historias sobre ella y sus habitantes y, aunque era consciente de que probablemente todas ellas eran inventadas por mentes sagaces, no podía evitar la sensación de angustia que le provocaba.

Su mirada permaneció fija en la ventana. De repente, la tenue luz incrementó su intensidad. La curiosidad iba en aumento, aunque el miedo y probablemente el frío, paralizaban sus extremidades. En un segundo de valentía, o quizá de locura absoluta, Mara cambió el rumbo de sus pasos y se dirigió hacia la casa. La puerta se encontraba abierta, como invitándola a entrar. Gruñó un poco al empujarla, como en las mejores películas de terror, y entró a la recepción. Sin moverse del sitio, echó un vistazo a su alrededor, puertas a derecha e izquierda daban acceso al salón y otras estancias; justo enfrente, una majestuosa escalera invitaba a acceder a la primera planta. 

Sin pensarlo dos veces, porque si hubiera recapacitado por un segundo habría salido corriendo de allí, subió la escalera. Más o menos a la mitad, encontró tres o cuatro peldaños rotos, tuvo que dar una gran zancada para salvar el peligro. Siguió subiendo, empezaba a percibir la luz, que se colaba por la rendija de una puerta a medio abrir. Llegó al primer piso, sus pasos sigilosos la acercaron a la habitación de donde provenía aquella luz. Empujó la puerta con sumo cuidado, muy despacio, vio una lámpara encendida sobre una mesa, suntuosa, de otra época. Terminó de abrir la puerta, la habitación estaba vacía, a excepción de la mesa y la lámpara… y un sillón, en un rincón, pegado a la ventana. Mara se fue acercando despacio, sin hacer ruido, le pareció oír algo. En ese momento, se dio cuenta de que había alguien sentado en el sillón. Una mano descansaba en el reposabrazos. Mara se dio media vuelta, quería salir de allí. De pronto, una risa histriónica rompió el absoluto silencio de la casa. 

-          Maravillas, llevo tanto tiempo esperándote… - una voz grave y profunda se dirigió a ella, los temblores la tenían paralizada.- No tengas miedo, disfruta de la fiesta.- 

Las luces de la habitación se encendieron de repente, varias personas salieron de los armarios, otras entraron por la puerta. El hombre del sillón se puso de pie, llevaba una máscara blanca inmaculada, unos enormes ojos verdes, como aceitunas, se adivinaban a través de los agujeros. 

-          ¿Quién ha sorprendido a quién, Maravillas?

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