viernes, 14 de noviembre de 2014

Oscuro, muy oscuro



Sofía había dejado de escuchar a la maestra. Miraba por la ventana, distraída, impaciente, esperando el sonido de la campana. Ya debía de faltar poco. Parecía que había pasado una eternidad desde que se sentaron por la mañana en sus pupitres…

RIIIIIIIIIIIIIIING

Todos se levantaron, gritando, dejando a doña María con la palabra en la boca. La pobre, que con tanto interés estaba contando a los chicos algo sobre osos polares y el ártico, se había convertido ahora en una especie de agente del tráfico, tratando de organizar a la marabunta de niños que corría con sus bocadillos envueltos en papel de aluminio en la mano. 

    Sin correr, por favor, en fila india —, nada, ni los niños alocados y hambrientos, podía con la inagotable paciencia de doña María. Sofía pensaba que era la mejor maestra del mundo, quizá porque lo fuera, o quizá porque no había conocido a otra—. Vamos, niños, uno detrás de otro, sin correr…

Sofía llegó al patio de las primeras de su clase. El sol había hecho su aparición después de varios días de lluvia y, por fin, podían salir a la parte descubierta del patio, la más grande, la que más le gustaba. Abrió el envoltorio de su bocadillo por una esquinita para ver de qué se lo había hecho su abuela aquella mañana: salchichón. Le dio el primer bocado, le estuvo rico. Enseguida llegaron sus compañeros y el bocadillo quedó relegado a un segundo plano. Miguel comenzó a correr tras Gerardo, Aurora perseguía a Mercedes y Sofía salió detrás de Manolo. Un improvisado “pillao” se había convertido en el juego de aquel recreo. Después de varias carreras, Sofía se detuvo para recuperar el aliento. Todavía llevaba medio bocadillo en la mano, pero había perdido la mitad de las rodajas de salchichón.  Se acercó a la fuente para beber agua, aunque le costaba llegar al grifo porque estaba muy alta. Se tenía que poner de puntillas para arrimar su boca al chorro. Muchos años después, ya siendo adulta, un día pasaría por la puerta del colegio, se asomaría al patio y se daría cuenta de que la “enorme” fuente le llegaba a la altura de las rodillas.

Se dio media vuelta para volver al juego cuando se dio cuenta de que había una bolsa de basura en el centro del patio. Era una bolsa de basura negra, muy grande, y parecía medio vacía. Era extraño que estuviera allí, pero a nadie parecía llamarle la atención. La señora de la limpieza debía haberla olvidado. “Todos somos humanos”, pensó.

Se acercó con curiosidad. Miró a derecha e izquierda: sus compañeros jugaban, corrían y gritaban, ignorándolas a ella y a la enorme bolsa. Se volvió hacia doña María, ahora convertida en vigilante del patio, pero tampoco parecía prestarle atención alguna. Se agachó un poco, miró sin tocar. Era una bolsa de basura al uso, quizá más grande de lo normal y estaba limpia. Estiró un brazo y, agarrándola por un extremo, la abrió para mirar en su interior. Aunque no alcanzaba a ver hasta el fondo, estaba vacía, al contrario de lo que le había parecido al principio. Levantó un poco más el extremo de la bolsa y la abertura se hizo más grande. Seguía sin ver nada en absoluto y siguió estirando. Continuó abriéndola hasta que llegó a pasarla por encima de su cabeza. Quería saber más, qué había allí dentro… y no vaciló. Cubrió su cabeza con la bolsa hasta meterse dentro. La oscuridad total se apoderó de su alrededor más inmediato. Ya no veía el patio, ni la fuente, ni a doña María, ni a los niños… aunque los escuchaba, a lo lejos. A pesar del negror, de que no veía nada en absoluto, siguió avanzando. No encontraba el fondo de la bolsa, era como un pasadizo por el que seguía avanzando y nunca llegaba el fin. Había cerrado los ojos, porque daba igual tenerlos abiertos o cerrados…

De repente, silencio absoluto. “¿Dónde están los niños?”, pensé mientras notaba cómo me iba despertando. Saqué la cabeza de debajo de la sábana, todavía confundida. Estiré el brazo y palpé cada centímetro de pared hasta encontrar el interruptor. Tuve que guiñar los ojos para acostumbrarme a la luz que llenó mi habitación. “¿A quién se lo ocurre meterse dentro de una bolsa de basura?” Apagué la luz, me escondí entre las sábanas y seguí durmiendo.


Basado en un sueño de mi infancia

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