miércoles, 4 de junio de 2014

Una duda nos invade


Se acercan las vacaciones... y, como casi todos los años, una enorme duda nos invade: ¿Dónde nos vamos este año?

Después de un par de días recorriéndome el mundo entero desde el portátil, comencé a leer cosillas sobre Escocia. No era la primera vez. Ya en alguna otra ocasión le había echado un vistazo... pero, por h o por b, habíamos acabado viajando a otros lugares. Esta vez, Escocia ha sido la ganadora. Sólo hace falta ver unas cuantas fotos para tenerlo claro.

Tras varios días comparando fechas, compañías y precios... por fin, hemos comprado el billete. Volamos con Ryanair, para variar... y es que, a pesar de todo (viajar como sardinas en lata, que no quepan en el avión los equipajes de mano de los viajeros, etc, etc, etc), al final, Ryanair siempre gana por precio.

Una vez fijadas las fechas, toca planificar la ruta. Hay que decidir qué lugares visitar, qué excursiones elegir, dónde dormir, ... Después de horas y horas leyendo diarios de viaje y opiniones de foreros, así es como más o menos va quedando nuestro ambicioso planning. ¿¿¿Creéis que podremos con él???



lunes, 5 de mayo de 2014

Apuntes de su juventud: Don Otilio



         A los 12 años, cambió de escuela. Don Otilio sí que era la caña. Atención al cuarto párrafo:

Ya tenía doce años cuando dejé de ir a la escuela del tío Juan, porque mis padres me mandaron para que aprendiese más a un colegio regido por un maestro, que Otilio se llamaba, que había cursado sus estudios en Madrid. Además de ser maestro, era en sumo grado un excelente ebanista. El único defecto, o mejor dicho desgracia, que tenía era que estaba un poco sordo, cuyo motivo le prohibía ser maestro nacional, pero trabajador y enseñar con superior interés, como él solo.

Íbamos a su escuela unos dieciocho o veinte. Pagábamos doce pesetas mensuales. Tal interés tenía él por enseñarnos y nosotros por aprender, que no salíamos de la escuela o del taller que había dedicado a ebanistería para los ratos que tenía libres, ya fuese día de clase o festivo. Por las mañanas, particularmente en el verano, mucho antes de que se viera, ya estábamos en la puerta y llamábamos a la ventana de su dormitorio para que nos diese la llave. Nosotros sentíamos tenerlo que despertar tan temprano y acordamos que nos dejase la llave debajo de las portadas en el gaterón, como vulgarmente se dice. Él se levantaba a eso de las siete o las ocho, desayunaba y comenzaba la clase, preguntando y explicando prácticamente la lección que había enseñado el día anterior.

En otoño, los jueves si los hacía buenos, salíamos de paseo o bien a recoger leña, ya que lo hacíamos como si fuese deporte, corteza de pino y las piñas secas que había por el suelo, para luego en el invierno encender la estufa que teníamos en la escuela. Como tanto interés tenía porque aprendiésemos y que no fuesen unos más atrasados que otros, les prohibía a los padres que quitaran a los hijos de la escuela ni para unos momentos. En el pueblecillo, como era chico, todos nos conocíamos y sabíamos donde vivía cada cual y en cuanto empezaba la clase ya sabíamos quién faltaba. Inmediatamente nos decía Don Otilio “¡Id a su casa a por él y traédmelo de una oreja!”. Acto seguido era cumplida la orden. Si no se hallaba en cama y es que se lo había llevado su padre para que le ayudase en alguna faena imprescindible del campo, luego en el café o donde viese a su padre, el maestro ya le tenía el broncazo y le decía que fuese la última vez que se lo quitaba de la escuela.

En lo referente a la limpieza corporal de sus alumnos era sumamente severo, principalmente con las manos y la cara. Si alguna vez iba sin lavarse alguno, ya fuese verano o invierno, el maestro le hacía, como al que antes de matarlo le hacen que se haga el hoyo para después enterrarlo, que sacase agua del pozo para lavarse y por toalla para secarse una cortina de saco que había sobre una de las puertas. Ya se guardaría otra mañana de ir sin lavarse. Esto servía de ejemplo a los demás.

domingo, 4 de mayo de 2014

Apuntes de su juventud



Hace unos días, me comentó mi tío si le había echado un vistazo a un pequeño cuaderno que me dejó unos meses atrás. Se trata de un breve diario que mi abuelo escribió cuando tenía unos 20 años, uno de esos tesoros que tenemos justo delante de nuestras narices y ni siquiera somos conscientes de ello. 

Ayer lo leí y, de nuevo, tal y como me pasó como su diario de guerra, me hizo reír a carcajadas, alucinar con cómo han cambiado las cosas en estos 80 años, y dejar escapar alguna lágrima (alguna de tanto reír, alguna otra de tristeza). 

Estoy transcribiéndolo para evitar que pueda perderse y para compartirlo con la familia, con sus hijos y sus nietos, a los que seguro les gustará. Os dejo algunos fragmentos:


APUNTES DE MI JUVENTUD, por MIGUEL GONZÁLEZ GIMÉNEZ 
5 de noviembre de 1939
 
En la provincia de Albacete a unos 40 kilómetros de la capital y en el centro de una regular extensión de terreno llano, se encuentra, casi envejecido, un pueblecillo de escasa importancia, pero sí humanitarios, honrados y trabajadores todos los habitantes que lo pueblan, y viven semifelices, por ser en su mayoría familias que se han ido enlazando a través de los años. Cultivan con esmero y vocación la tierra, ya que de ella depende el sustento y regular bienestar de todos sus habitantes en general.
En este pueblecillo, cuyo nombre no cito porque acuden recuerdos a mi mente que casi me hacen llorar, honrado y laborioso, nací de padres labradores de mediana posición, en el año 1919. Era yo el segundo hijo. El anterior, que había sido una niña, murió unos años antes de mi nacimiento. Como todos los padres que tienen un solo hijo, yo también era mimado y con algunas consideraciones.
Pasaron los primeros años de mi niñez y cuando ya tenía siete años, mis padres me mandaron a la escuela, regida por una maestra, sumamente gruesa, a la cual íbamos mezclados varones y hembras. Cosa de tres años estuve yendo a la mencionada escuela mixta, en la cual aprendí algo de escribir y leer deficientemente, pues la señora maestra no se preocupaba en gran manera porque aprendiésemos.

Por aquel entonces, el tío Juan, que así se llamaba el sacristán de la iglesia, hombre que apenas medía 1,10 de altura y bastante regordete, puso en su casa una escuela, regida por él mismo, amueblada con diez o doce sillas rústicas, una mesa basta y un trozo de hule ennegrecido que servía de pizarra. A la escuela del minúsculo sacristán y maestrillo me enviaron mis padres. A ella íbamos ocho o diez chicos, que pagábamos tres o cuatro pesetas mensuales, que ayudaban al sustento y avance de la vida del sacristancejo y su esposa.
El tío Juan era bastante inteligente, pues sabía regular de bien las cuatro reglas y algunos problemas de otras reglas, así como también escribir y leer medianamente, alguna y variada geografía de España y Europa y de las demás partes del mundo. En total, que el minúsculo sacristán entendía de todo un poco y en todas las reuniones que él estaba disentía en voz alta, dando pruebas y explicaciones de esto o de lo otro. Parecía un nuevo Salomón, pues como ya digo, daba empollaciones de geografía, tanto astronómica como de la tierra, algunas veces de matemáticas y, sobre todo, de Historia Sagrada o Religión, ya que en esta materia no había quien le reprochara.
Vivía el señor maestro en su casa-escuela frente a una elevada pared, que era la espalda de la iglesia, enlucida convenientemente ex profeso para el juego de pelota. Recuerdo que cierto día estando jugando a la pelota algunos de los que íbamos a su escuela, dieron un gran disgusto al tío Juan, que se hallaba en la puerta de su casa al sol leyendo. El caso fue motivado porque la pelota fue a dar casualmente en la semicalva cabeza del menudo maestro. Tan rápido como sus músculos se lo permitieron, se levantó enfurecido, mascullando no se qué, y con las manos a la cabeza se dirigió a los que jugaban a la pelota, pero éstos emprendieron veloz carrera en varias direcciones, huyendo de que las regordetas y pequeñas manos del tío Juan les cogieran y les propinasen unos cuantos y acertados mamporros de los que él acostumbraba a dar. Claro es que los chicos tenían más ligeros los pies y no pudo coger a ninguno, pero tenía no muy buen genio y las cosas no las dejaba olvidar. Se quedó diciéndoles en voz alta que sin correr les había de coger. El resultado fue que aquella tarde no acudió ninguno de los que le dieron con la pelota al señor maestro. Pero a la mañana siguiente, aunque amilanados y recelosos, se presentaron en la escuela. Al instante, pues como ya he dicho, el tío Juan no era olvidadizo, empezó a vociferar y, encarándose con ellos, acto seguido les propinó unos mamporros y varios tirones de orejas. Todos ellos derramaron gruesas lágrimas. Toda la mañana se la pasó refunfuñando con ellos y, de vez en cuando, les recordaba el daño que le habían hecho con un tirón de orejas.
A pesar de que tenía muy mal genio, el tío Juan enseñaba lo poco y variado que sabía. En cuanto salía alguno a la pizarra, ya podía andarse con cuidado y no equivocarse, pues de lo contrario, el tortazo era casi seguro. Idénticamente ocurría cuando se echaba algún borrón en el cuaderno. Sus deberes con la Iglesia los cumplía estrictamente y con gratitud los domingos y días festivos.


domingo, 13 de abril de 2014

El clérigo malvado

Dicen que para aprender a escribir hay que leer mucho, y leer a los mejores. El otro día cayó en mis manos un librito de relatos de H.P. Lovecraft, el autor preferido de Pablo Maestro y del que, aunque sea para matarme, nunca había leído nada. Me gustó mucho la historia de El clérigo malvado. Me parece un gran ejemplo de auténtico relato de terror. Aquí lo dejo, para quien quiera disfruta del maestro de la literatura de terror y ciencia ficción:


EL CLÉRIGO MALVADO

Un hombre grave que parecía inteligente, con ropa discreta y barba gris, me hizo pasar a la habitación del ático, y me habló en estos términos: 

-Sí, aquí vivió él..., pero le aconsejo que no toque nada. Su curiosidad lo vuelve irresponsable. Nosotros jamás subimos aquí de noche; y si lo conservamos todo tal cual está, es sólo por su testamento. Ya sabe lo que hizo. Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no sabemos dónde está enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa sociedad. 

-Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le ruego que no toque lo que hay en la mesa, eso que parece una caja de fósforos. No sabemos qué es, pero sospechamos que tiene que ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo demasiado fijamente. 

Poco después, el hombre me dejó solo en la habitación del ático. Estaba muy sucia, polvorienta y primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era el tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros clásicos y de teología, y otra librería con tratados de magia: de Paracelso, Alberto Magno, Tritemius, Hermes Trismegisto, Borellus y demás, en extraños caracteres cuyos títulos no fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy sencillos. Había una puerta, pero daba acceso tan sólo a un armario empotrado. La única salida era la abertura del suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una increíble antigüedad. Evidentemente, esta casa pertenecía a la vieja Europa. Me parecía saber dónde me encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces sabía. Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que se trataba de un pequeño puerto de mar. 

El objeto de la mesa me fascinó totalmente. Creo que sabía manejarlo, porque saqué una linterna eléctrica -o algo que parecía una linterna- del bolsillo, y comprobé nervioso sus destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era menos un rayo de luz que una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo no la consideraba una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en el otro bolsillo. 

Estaba oscureciendo, y los antiguos tejados y chimeneas, afuera, parecían muy extraños tras los cristales de las ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en mi libro el pequeño objeto de la mesa y enfoqué hacia él los rayos de la peculiar luz violeta. La luz pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo de minúsculas partículas violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas partículas con la vítrea superficie del extraño objeto parecieron producir una crepitación, como el chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una lluvia de chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia rojiza, y una forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en su centro. Entonces me di cuenta de que no estaba solo en la habitación... y me guardé el proyector de rayos en el bolsillo. 

Pero el recién llegado no habló, ni oí ningún ruido durante los momentos que siguieron. Todo era una vaga pantomima como vista desde inmensa distancia, a través de una neblina... Aunque, por otra parte, el recién llegado y todos los que fueron viniendo a continuación aparecían grandes y próximos, como si estuviesen a la vez lejos y cerca, obedeciendo a alguna geometría anormal. 

El recién llegado era un hombre flaco y moreno, de estatura media, vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta años y tenía la tez cetrina, olivácea, y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta. Su cabello negro estaba bien cortado y pulcramente peinado y su barba afeitada, si bien le azuleaba el mentón debido al pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de acero. Su figura y las facciones de la mitad inferior de la cara eran como la de los clérigos que yo había visto, pero su frente era asombrosamente alta, y tenía una expresión más hosca e inteligente, a la vez que más sutil y secretamente perversa. En ese momento -acababa de encender una lámpara de aceite- parecía nervioso; y antes de que yo me diese cuenta había empezado a arrojar los libros de magia a una chimenea que había junto a una ventana de la habitación (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no había reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los volúmenes con avidez, saltando en extraños colores y despidiendo un olor increíblemente nauseabundo mientras las páginas de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador. De repente, observé que había otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, vestidos de clérigo, entre los que había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo. Aunque no conseguía oír nada, me di cuenta de que estaban comunicando una decisión de enorme trascendencia al primero de los llegados. Parecía que lo odiaban y le temían al mismo tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos. Su rostro mantenía una expresión severa; pero observé que, al tratar de agarrar el respaldo de una silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le señaló la estantería vacía y la chimenea (donde las llamas se habían apagado en medio de un montón de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial disgusto. El primero de los recién llegados esbozó entonces una sonrisa forzada, y extendió la mano izquierda hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos parecieron sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la empinada escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo que se volvían y hacían gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el último en abandonar la habitación. 

El que había llegado primero fue a un armario del fondo y sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un extremo a un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble y empezó a hacer un nudo corredizo en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a ahorcar, corrí con la idea de disuadirlo o salvarlo. Entonces me vio, suspendió los preparativos y miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me llenó de inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia mí con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios. 

Sentí que me encontraba en un peligro mortal y saqué el extraño proyector de rayos como arma de defensa. No sé por qué, pensaba que me sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz violeta primero y luego rosada. Su expresión de exultación lobuna empezó a dejar paso a otra de profundo temor, aunque no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y agitando los brazos violentamente en el aire, empezó a retroceder tambaleante. Vi que se acercaba a la abertura del suelo y grité para prevenirlo; pero no me oyó. Un instante después, trastabilló hacia atrás, cayó por la abertura y desapareció de mi vista. 

Me costó avanzar hasta la trampilla de la escalera, pero al llegar descubrí que no había ningún cuerpo aplastado en el piso de abajo. En vez de eso me llegó el rumor de gentes que subían con linternas; se había roto el momento de silencio fantasmal y otra vez oía ruidos y veía figuras normalmente tridimensionales. Era evidente que algo había atraído a la multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que yo no había oído? A continuación, los dos hombres (simples vecinos del pueblo, al parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron paralizados. Uno de ellos gritó de forma atronadora: 

-¡Ahhh! ¿Conque eres tú? ¿Otra vez? 

Entonces dieron media vuelta y huyeron frenéticamente. Todos menos uno. Cuando la multitud hubo desaparecido, vi al hombre grave de barba gris que me había traído a este lugar, de pie, solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto, fascinado, pero no con temor. Luego empezó a subir la escalera, y se reunió conmigo en el ático. Dijo: 

-¡Así que no ha dejado eso en paz! Lo siento. Sé lo que ha pasado. Ya ocurrió en otra ocasión, pero el hombre se asustó y se pegó un tiro. No debía haberle hecho volver. Usted sabe qué es lo que él quiere. Pero no debe asustarse como se asustó el otro. Le ha sucedido algo muy extraño y terrible, aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y la personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la necesidad de efectuar ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir gozando de la existencia y de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aquí, y no creo que desee regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a Estados Unidos. 

-No debe volver a tocar ese... objeto. Ahora, ya nada puede ser como antes. El hacer -o invocar- cualquier cosa no serviría sino para empeorar la situación. No ha salido usted tan mal parado como habría podido ocurrir..., pero tiene que marcharse de aquí inmediatamente y establecerse en otra parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido más grave. 

-Se lo explicaré con la mayor franqueza posible. Se ha operado cierto cambio en... su aspecto personal. Es algo que él siempre provoca. Pero en un país nuevo, usted puede acostumbrarse a ese cambio. Allí, en el otro extremo de la habitación, hay un espejo; se lo traeré. Va a sufrir una fuerte impresión..., aunque no será nada repulsivo. 

Me eché a temblar, dominado por un miedo mortal; el hombre barbado casi tuvo que sostenerme mientras me acompañaba hasta el espejo, con una débil lámpara (es decir, la que antes estaba sobre la mesa, no el farol, más débil aún, que él había traído) en la mano. Y lo que vi en el espejo fue esto: 

Un hombre flaco y moreno, de estatura media, y vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana, de unos treinta años, y con unos lentes sin montura y aros de acero, cuyos cristales brillaban bajo su frente cetrina, olivácea, anormalmente alta.
Era el individuo silencioso que había llegado primero y había quemado los libros. 

Durante el resto de mi vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre.

martes, 8 de abril de 2014

Hace 20 años...

Ayer pensé en escribir una entrada sobre Kurt Cobain y Nirvana y precisamente esta mañana me he encontrado, por casualidad y sin buscarlo, con un artículo muy curioso sobre su vida: Ten things you might not know about Kurt Cobain. Me ha gustado mucho, porque efectivamente habla sobre curiosidades y excentricidades del cantante que desconocía, como, por ejemplo, que cuando era un niño tenía un amigo imaginario llamado Boddah, al que hace referencia en el principio de Lithium, "I’m so happy... cause today I found my friends. They’re in my head, ...” y al que se dirigió en su carta de suicidio.



Nirvana fue uno de mis grupos favoritos en la adolescencia y supongo que lo sigue siendo aunque ahora no lo escuche a diario. Me ha traído muchísimos recuerdos esta foto de la cara de Kurt que llevé durante años estampada en mi camiseta preferida.

Lo cierto es que debía ser un tío muy raro, porque lo veías dando saltos en un escenario o con unas gafas de sol rosas enormes cuando, por otro lado, era una persona tímida y un poco acomplejada con su físico. Comentan en el artículo que era un terror al volante y que en uno de sus primeros viajes en la furgoneta del bajista todos se turnaron para conducir, excepto él... y no porque no quisiera, sino porque no le dejaron... aseguraban que conducía "like an old lady" :)

Me ha hecho ilusión leer que su libro preferido fuera El perfume, de Patrick Süskind, porque también es uno de los míos.

Al margen de sus extravagancias y controversias, este hombre y su grupo marcaron a toda una generación. Esto parece un tópico, lo he oído en todas las noticias de estos días sobre el aniversario de su muerte, pero yo creo que es cierto.

 Os dejo unos cuantos temas, seguro que os traen viejos recuerdos...