El ascensor estaba
estropeado. Con lo cansado que estaba a esas horas de la noche, me disgustó la idea de subir andando los ocho pisos
con sus ciento sesenta y seis escalones. Los había contado en más de una ocasión.
En el edificio reinaba la calma, era
tarde y probablemente todos los vecinos dormían o se disponían a hacerlo. Sólo
se escuchaban mis pasos. Cincuenta y ocho. Cincuenta y nueve. Parecía que no
iba a llegar nunca. Quizá si no contara cada escalón y me distrajese pensando
en algo bonito… Ochenta. Ochenta y uno. El dolor de piernas quería obligarme a
parar, pero ya quedaba tan poco. Me faltaba el aliento. Tenía que dejar de
fumar, pero tendría que proponérmelo con firmeza, porque lo había intentado en
tantas ocasiones que era un misterio
cómo no lo había conseguido todavía. Ciento doce. Ciento trece. Ciento catorce. Sí,
definitivamente, tenía que dejar de fumar. Y hacer más ejercicio. Cualquier día
de estos me armaría de valor, me compraría unas buenas zapatillas y me
apuntaría al gimnasio. Ciento sesenta y cinco… y ciento sesenta y seis. Apoyé
las manos sobre las rodillas y descansé unos segundos. Sólo podía pensar en
quitarme toda la ropa y meterme por fin en la cama. Llegué a la puerta de casa.
Octavo derecha. Metí la mano hasta el fondo del bolsillo. No podía ser cierto.
La llave no estaba allí. Me la había
dejado olvidada en el coche, aparcado en la calle, en la planta baja, ocho pisos
más abajo, ciento sesenta y seis escalones atrás.
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sábado, 11 de octubre de 2014
domingo, 11 de agosto de 2013
Vida perra
Era un frío día del mes de diciembre
cuando vinieron a por mi. Él me miró con una profunda tristeza, ella parecía
que tuviera prisa por despedirse y continuar con lo que estaba haciendo. Salí
sin mirar atrás. Me acomodé como pude en el asiento trasero del coche, al lado
de la chica. El chico conducía. Arrancó el vehículo e iniciamos la marcha. A
los pocos minutos, los cristales estaban empañados.
Creo que el trayecto fue corto, aunque a
mi, que hacía tanto tiempo que no viajaba, me pareció una eternidad. Pero por
fin habíamos llegado. Salí del coche y corrí… corrí durante un buen rato por
todas partes, aquello era nuevo para mi. Se parecía a donde yo vivía antes,
había muchos árboles y plantas, una piscina. Una señora salió a recibirme, me
miró un poco asustada. Creo que le di un poco de miedo. Hace ya varios
años de aquello, aunque lo recuerdo bien. Tuve una buena sensación aquel día,
sabía que allí estaría bien. Y ahora sé que estaba en lo cierto, las primeras
impresiones casi siempre son las que valen.
Oigo unas llaves. Me apresuro hacia la
puerta para recibirlos. ¡Claro! Hoy debe ser domingo y vienen a comer. Me
acerco a ella, huele a Vera, me encanta. Ella me devuelve el
saludo acariciándome la cabeza con dulzura. Me acerco a él, se agacha un
poco y me rasca el cuello enérgicamente. Me revuelvo, salto, corro, hago pis,
vuelvo a su lado. Seguro que hoy salimos a dar una vuelta. ¡Bien!
Entran en la casa, no me separo de ellos.
Saludan a Fina y a Rosa, se besan, charlan animadamente. ¡Uy! Creo que he
tirado algo de la mesa con el rabo. Todos se apresuran a recogerlo, se ríen,
menos mal.
Llega la hora de comer. Todos se sientan a
la mesa. Huele que alimenta, hoy Fina ha hecho pollo asado. Me tumbo a una
distancia prudente y espero pacientemente, incluso me quedo un poco dormido. De
repente, oigo el sonido de platos y cubiertos. Fina se levanta de la mesa. ¡Es
mi turno!
Después de la comida y otra siesta ligera
en el porche, veo que ella se va al césped, mi césped. Extiende una toalla y se
tumba sobre ella. Voy corriendo. Me acaricia la cabeza, me rasca el lomo, me
peina el pelo con sus dedos. ¡Ráscame, ráscame, no pares! Me tumbo a su lado,
me rasca la barriga. Ahora viene él. Me hace un poco rabiar, creo que tiene
ganas de jugar y yo... encantado. Le gruño, nos revolcamos, él se ríe. ¡Me
encantan los domingos!
Al perro más guapo del mundo
domingo, 28 de abril de 2013
Sigue soñando
Lunes. 6:30 a.m.
¿Sería posible que eso que sonaba y resonaba en su
cabeza fuese ya el despertador? Estaba en una isla, tumbada bajo el sol, su
chico la cogía de la mano y, mientras, con la otra, sujetaba una novela de
Vargas Llosa que leía entusiasmada. De repente, sonaba el despertador y era
lunes. ¿Qué tipo de broma cruel era aquella?
Se levantó con los ojos aun cerrados, se lavó la
cara, se vistió y preparó un té bien caliente para empezar el día. Sonó su
teléfono, cogió el bolso y las llaves y llamó al ascensor. Un toque corto era
la señal de que su compañera la esperaba en el coche.
Se abrochó la cazadora, el otoño acababa de llegar y
seguramente haría fresco. Abrió la puerta del portal y… a sus pies se extendía
una playa paradisiaca, a lo lejos dos tumbonas, un libro, su chico, su isla… Ni
rastro de la calle, ni de su compañera, ni del lunes…
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