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lunes, 5 de mayo de 2014

Apuntes de su juventud: Don Otilio



         A los 12 años, cambió de escuela. Don Otilio sí que era la caña. Atención al cuarto párrafo:

Ya tenía doce años cuando dejé de ir a la escuela del tío Juan, porque mis padres me mandaron para que aprendiese más a un colegio regido por un maestro, que Otilio se llamaba, que había cursado sus estudios en Madrid. Además de ser maestro, era en sumo grado un excelente ebanista. El único defecto, o mejor dicho desgracia, que tenía era que estaba un poco sordo, cuyo motivo le prohibía ser maestro nacional, pero trabajador y enseñar con superior interés, como él solo.

Íbamos a su escuela unos dieciocho o veinte. Pagábamos doce pesetas mensuales. Tal interés tenía él por enseñarnos y nosotros por aprender, que no salíamos de la escuela o del taller que había dedicado a ebanistería para los ratos que tenía libres, ya fuese día de clase o festivo. Por las mañanas, particularmente en el verano, mucho antes de que se viera, ya estábamos en la puerta y llamábamos a la ventana de su dormitorio para que nos diese la llave. Nosotros sentíamos tenerlo que despertar tan temprano y acordamos que nos dejase la llave debajo de las portadas en el gaterón, como vulgarmente se dice. Él se levantaba a eso de las siete o las ocho, desayunaba y comenzaba la clase, preguntando y explicando prácticamente la lección que había enseñado el día anterior.

En otoño, los jueves si los hacía buenos, salíamos de paseo o bien a recoger leña, ya que lo hacíamos como si fuese deporte, corteza de pino y las piñas secas que había por el suelo, para luego en el invierno encender la estufa que teníamos en la escuela. Como tanto interés tenía porque aprendiésemos y que no fuesen unos más atrasados que otros, les prohibía a los padres que quitaran a los hijos de la escuela ni para unos momentos. En el pueblecillo, como era chico, todos nos conocíamos y sabíamos donde vivía cada cual y en cuanto empezaba la clase ya sabíamos quién faltaba. Inmediatamente nos decía Don Otilio “¡Id a su casa a por él y traédmelo de una oreja!”. Acto seguido era cumplida la orden. Si no se hallaba en cama y es que se lo había llevado su padre para que le ayudase en alguna faena imprescindible del campo, luego en el café o donde viese a su padre, el maestro ya le tenía el broncazo y le decía que fuese la última vez que se lo quitaba de la escuela.

En lo referente a la limpieza corporal de sus alumnos era sumamente severo, principalmente con las manos y la cara. Si alguna vez iba sin lavarse alguno, ya fuese verano o invierno, el maestro le hacía, como al que antes de matarlo le hacen que se haga el hoyo para después enterrarlo, que sacase agua del pozo para lavarse y por toalla para secarse una cortina de saco que había sobre una de las puertas. Ya se guardaría otra mañana de ir sin lavarse. Esto servía de ejemplo a los demás.

domingo, 4 de mayo de 2014

Apuntes de su juventud



Hace unos días, me comentó mi tío si le había echado un vistazo a un pequeño cuaderno que me dejó unos meses atrás. Se trata de un breve diario que mi abuelo escribió cuando tenía unos 20 años, uno de esos tesoros que tenemos justo delante de nuestras narices y ni siquiera somos conscientes de ello. 

Ayer lo leí y, de nuevo, tal y como me pasó como su diario de guerra, me hizo reír a carcajadas, alucinar con cómo han cambiado las cosas en estos 80 años, y dejar escapar alguna lágrima (alguna de tanto reír, alguna otra de tristeza). 

Estoy transcribiéndolo para evitar que pueda perderse y para compartirlo con la familia, con sus hijos y sus nietos, a los que seguro les gustará. Os dejo algunos fragmentos:


APUNTES DE MI JUVENTUD, por MIGUEL GONZÁLEZ GIMÉNEZ 
5 de noviembre de 1939
 
En la provincia de Albacete a unos 40 kilómetros de la capital y en el centro de una regular extensión de terreno llano, se encuentra, casi envejecido, un pueblecillo de escasa importancia, pero sí humanitarios, honrados y trabajadores todos los habitantes que lo pueblan, y viven semifelices, por ser en su mayoría familias que se han ido enlazando a través de los años. Cultivan con esmero y vocación la tierra, ya que de ella depende el sustento y regular bienestar de todos sus habitantes en general.
En este pueblecillo, cuyo nombre no cito porque acuden recuerdos a mi mente que casi me hacen llorar, honrado y laborioso, nací de padres labradores de mediana posición, en el año 1919. Era yo el segundo hijo. El anterior, que había sido una niña, murió unos años antes de mi nacimiento. Como todos los padres que tienen un solo hijo, yo también era mimado y con algunas consideraciones.
Pasaron los primeros años de mi niñez y cuando ya tenía siete años, mis padres me mandaron a la escuela, regida por una maestra, sumamente gruesa, a la cual íbamos mezclados varones y hembras. Cosa de tres años estuve yendo a la mencionada escuela mixta, en la cual aprendí algo de escribir y leer deficientemente, pues la señora maestra no se preocupaba en gran manera porque aprendiésemos.

Por aquel entonces, el tío Juan, que así se llamaba el sacristán de la iglesia, hombre que apenas medía 1,10 de altura y bastante regordete, puso en su casa una escuela, regida por él mismo, amueblada con diez o doce sillas rústicas, una mesa basta y un trozo de hule ennegrecido que servía de pizarra. A la escuela del minúsculo sacristán y maestrillo me enviaron mis padres. A ella íbamos ocho o diez chicos, que pagábamos tres o cuatro pesetas mensuales, que ayudaban al sustento y avance de la vida del sacristancejo y su esposa.
El tío Juan era bastante inteligente, pues sabía regular de bien las cuatro reglas y algunos problemas de otras reglas, así como también escribir y leer medianamente, alguna y variada geografía de España y Europa y de las demás partes del mundo. En total, que el minúsculo sacristán entendía de todo un poco y en todas las reuniones que él estaba disentía en voz alta, dando pruebas y explicaciones de esto o de lo otro. Parecía un nuevo Salomón, pues como ya digo, daba empollaciones de geografía, tanto astronómica como de la tierra, algunas veces de matemáticas y, sobre todo, de Historia Sagrada o Religión, ya que en esta materia no había quien le reprochara.
Vivía el señor maestro en su casa-escuela frente a una elevada pared, que era la espalda de la iglesia, enlucida convenientemente ex profeso para el juego de pelota. Recuerdo que cierto día estando jugando a la pelota algunos de los que íbamos a su escuela, dieron un gran disgusto al tío Juan, que se hallaba en la puerta de su casa al sol leyendo. El caso fue motivado porque la pelota fue a dar casualmente en la semicalva cabeza del menudo maestro. Tan rápido como sus músculos se lo permitieron, se levantó enfurecido, mascullando no se qué, y con las manos a la cabeza se dirigió a los que jugaban a la pelota, pero éstos emprendieron veloz carrera en varias direcciones, huyendo de que las regordetas y pequeñas manos del tío Juan les cogieran y les propinasen unos cuantos y acertados mamporros de los que él acostumbraba a dar. Claro es que los chicos tenían más ligeros los pies y no pudo coger a ninguno, pero tenía no muy buen genio y las cosas no las dejaba olvidar. Se quedó diciéndoles en voz alta que sin correr les había de coger. El resultado fue que aquella tarde no acudió ninguno de los que le dieron con la pelota al señor maestro. Pero a la mañana siguiente, aunque amilanados y recelosos, se presentaron en la escuela. Al instante, pues como ya he dicho, el tío Juan no era olvidadizo, empezó a vociferar y, encarándose con ellos, acto seguido les propinó unos mamporros y varios tirones de orejas. Todos ellos derramaron gruesas lágrimas. Toda la mañana se la pasó refunfuñando con ellos y, de vez en cuando, les recordaba el daño que le habían hecho con un tirón de orejas.
A pesar de que tenía muy mal genio, el tío Juan enseñaba lo poco y variado que sabía. En cuanto salía alguno a la pizarra, ya podía andarse con cuidado y no equivocarse, pues de lo contrario, el tortazo era casi seguro. Idénticamente ocurría cuando se echaba algún borrón en el cuaderno. Sus deberes con la Iglesia los cumplía estrictamente y con gratitud los domingos y días festivos.


martes, 12 de marzo de 2013

Diario de guerra VI: la ansiada libertad



Eran las 10 de la mañana cuando entraba el tren en la estación de Madrid. Allí, junto a nuestros petates, tuvimos que sentarnos y esperar, ya que hasta las 11 de la noche, no salía el tren para Albacete. Estar en la estación fue entretenido pues había mucho movimiento de trenes, gran trajinar de gente, de empleados de la estación y contemplar la gran estación de Atocha muy diferente a las demás que habíamos visto anteriormente, aunque estaba muy deteriorada en particular el techo que estaban todos los cristales rotos a consecuencia de los bombardeos  de la aviación y la artillería.
Serían las 5 de la madrugada del día 12 de julio de 1939 cuando entrábamos en la estación de Albacete, punto y meta de nuestras esperanzas. Estuvimos allí todo el día en casa de mi tía Concha.  A las 6 de la tarde llegamos a Bormate en la Requenense y me esperaba mi madre, cosa natural, y la familia y amigos. La alegría más grande fue abrazar a mi madre, a la que tantas vences pensé no volver a ver. Mi amigo Diego siguió en el coche para su pueblo, la Recueja.
Después de estar varios días en el pueblo volví a marchar a Albacete a ver si me colocaba otra vez a trabajar en la imprenta donde estaba de aprendiz, o sea, en la imprenta de Albujer en la calle de Cristóbal Valera en el nº 11. Llegué y hablé con ellos y como hacía falta me quedé a trabajar.
Estuve en casa de mi tía más de tres meses hasta que un día encontramos casa en la Puerta de Murcia en el nº 7 con otras dos señoras que estaban empleadas en el Hospital Provincial. Ellas vivían en una habitación en el principal y nosotros abajo en otra habitación y cocina. El alquiler ascendía a 19 pesetas.
Por el año 1941 conocía a una chica que era peinadora y nos hicimos novios.

En 1943 me cambié de imprenta, o sea, a la de Enrique Ruiz en la calle Mayor 47, que era casi la más importante y moderna de Albacete.
Unos meses después nos trasladamos de vivienda a una casa de la calle San Sebastián al nº 13. Consta esta casa de una habitación amplia, un comedorcito pequeño y una cocina bastante grande y pequeño cuarto de retirar en el patio debajo de una escalera. Pagábamos 37 pesetas mensuales de alquiler. Es una casica muy arreglada para nosotros dos, o sea mi madre y yo.
En el 1944 por el mes de marzo da en quiebra la imprenta que yo estaba, o sea, Enrique Ruiz y se queda con la imprenta un señor llamado Ciriaco Panadero Serrano.
Mientras se hacen los trámites de traspaso transcurren dos semanas, en cuyo tiempo se cierra la imprenta y yo me voy a trabajar a la del “Albacete Religioso” en la calle del Marqués  de Molins en el nº 2. Transcurridas estas dos semanas paso a trabajar otra vez a la imprenta, de la calle Mayor ya con el nuevo nombre de “Gráficas Panadero”.
En diciembre de 1945 contraigo matrimonio con la chica que era peinadora y que conocí cuando vivía en el Puerta de Murcia y ella vivía en la calle Cornejo, nº 11. En la Iglesia de la Purísima Concepción el día 27 de diciembre a las 11 de la mañana se efectuó nuestro enlace matrimonial.
El 7 de abril del 1947 tenemos el primer hijo.




Diario de guerra I: Reclutamiento
Diario de guerra II: Toma de contacto
Diario de guerra III: En el fragor de la batalla

miércoles, 27 de febrero de 2013

Diario de guerra V: Burgo de Osma



Día 10 de octubre de 1938.- Tras casi un día entero de viaje, llegamos a Burgo de Osma. Ante un edificio de grande extensión enclavado en la orilla derecha de la carretera nos detuvimos. En un rótulo que había sobre una de las grandes portadas de acceso se leía “Seminario conciliar”. La llegada a este lugar destinado a campo de concentración nos alegró en parte ya que nos suponíamos que sería el final de nuestro largo viaje y podríamos descansar.

Día 11.- Antes del desayuno, da la orden el sargento por conducto del señor cura, que ostentaba la graduación de alférez, de que teníamos que confesar todos, absolutamente todos. En una de las habitaciones se puso el señor capellán e íbamos pasando uno a uno.
Aquel mismo día también dieron orden de pelarnos a todos. Fuimos pelados al cero mondo.

Día 20.- En la báscula del almacén del suministro me peso: 59 y ½ kilos.

Día 28.- Hago unas suelas de trozos de saco para hacerme unas alpargatas, cosiendo las suelas con pedazos de alambre que encontré.
En los ratos que no teníamos algún servicio lo dedicábamos a hacer algo útil: unos hacían recinchos para alpargatas, otros petacas de papel de barba para el tabaco, otros se remendaban la ropa y la lavaban, se espulgaban o hacían el pegado de botones, otros con una cuchilla de afeitar tallaban en dos pedacitos de madera cualquier adorno con sus iniciales, para hacer un estuche para el papel de fumar, otros con algunas tablas se dedicaban a hacerse una maleta.
Yo también hice otro día un dominó de unos pedazos de ladrillo blanco. Por las noches jugábamos cuatro paisanos sobre una maleta que nos servía de mesa y cuyas sillas eran el suelo o la cama que era de paja.

Día 1 de enero de 1939.- En la hora que estoy de imaginaria veo de vez en cuando que alguno que otro se levanta entre sueños y se pone a buscar entre la manta al bicho que le está molestando. Las pulgas abundan y han hecho un pacto comercial y de no agresión con los piojos.

Día 15.- Domingo. Tenemos que asistir a misa. Por la tarde se juega un partido de futbol en el patio entre los empleados de la cocina y los de oficina y asistentes de los jefes del campo de concentración. Ganan los cocineros 6 a 2.

Día 28 de febrero.- Por la tarde no nos llevan a trabajar. Lo hacemos fiesta porque se entrega Madrid. Al medio día nos dan rancho extraordinario.

Días 29 y 30.- Dicen que se entrega el total de España. Entre todos hay júbilo ya que así creemos que nos darán la libertad y volveremos a casa.

Día 2 de abril.- En el periódico de ayer venía el último parte de guerra que dice “La guerra ha terminado”.

Día 1 de mayo.- Nos dan la ropa, consistente en cazadora, pantalón caqui, dos camisas y un gorro redondo con una T pintada en negro.

Día 29.- Hacen fiesta aquí en el cortijo en la ermita al Cristo de los Olmedillos. Se celebra un gran baile, pues vienen cuatro o cinco músicos de Soria y nosotros también bailamos aunque la gente nos mira con extrañeza así como si no fuéramos personas tan buenas como podían ser ellos.


Día 9 de julio.- Nos viene la libertad a Diego, Hellín, al “boina”, al Largo y a mí. Reina gran júbilo ya que pronto iremos a nuestras casas.

Día 10.- Al fin se convertía nuestro sueño en realidad al ver que abandonábamos la estación de Soria, al mismo tiempo que nuestros pensamientos se posaban sobre nuestras lejanas “patrias chicas” y en particular en nuestros padres, a los que tanto tiempo hacía que no veíamos. A los pocos minutos el tren tomaba su veloz marcha y de vez en cuando un silbido nos recordaba que avanzábamos hacia nuestra querida tierra.