Una de esas rocas llamó poderosamente mi atención: tenía forma de elefante.
Me aproximé a la orilla pero, entonces, comenzó a moverse. La piedra de curiosa
forma era un elefante de verdad, uno pequeño, no más alto que yo. Bebía agua
con su trompa, ajeno a mi presencia. En ese instante, me percaté de que no era
el único, varios elefantes, jóvenes y adultos, se bañaban en el lago. Pensé que
debía estar en algún lugar de… África?
El elefantito se sumergió en el lago, pero me sorprendió al hacer caso omiso a
los suyos y acercarse a la orilla opuesta, donde yo me encontraba. Me pregunté
si se dejaría tocar... Lentamente, acerqué mi mano. Parecía inofensivo, pero no
quería asustarlo. Toqué su cabeza... y se dejó. Le acaricié con suavidad y el
elefante salió despacio del agua.
Di unos pasos hacia atrás, porque no quería que me mojara, pero sorprendentemente
en unos segundos estaba seco. Se acercó a mí de nuevo y con su cabezota buscó
mi mano, para que le tocara. Se sentó a mi lado. Le gustaban mis arrumacos y quería
más. Yo me senté también y seguí acariciándolo. Era gris, tenía el pelo muy
corto y tremendamente suave, como el terciopelo. Le pasé la mano por la trompa,
la parte inferior era blanca, y tenía un tacto diferente, parecía de goma. El
animal pasaba su pata por encima de mis piernas, impidiendo que me fuera a
ningún sitio, pero sin hacerme daño. Y así seguimos un buen rato…
… Y esto es lo
que he soñado hoy.