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viernes, 5 de junio de 2015

Marcianos



   Según el Instituto Nacional de Estadística, los nombres más comunes entre los recién nacidos en España son Paula, Hugo, Daniel y Lucía. Estos son los nombres de moda en este 2015, aunque los más habituales entre la ciudadanía en general siguen siendo José, Antonio y María. Pero, ¿qué pasa con los menos comunes, esos que también salen en las estadísticas, pero al final de lista?

    Hace poco escuché que hay algunos nombres en peligro de extinción, como Serviliana, Afrodisia, Segismunda o Canuta. De hecho, hace poco se ha muerto la última Urraca. Así que ya sabes: si quieres ser original, puedes ponerle a tu recién nacida Urraca... y será única (será única y el objeto de muchas burlas, seguramente).

   Yo tengo mi propia lista. Cuando conozco a alguien con un nombre poco común, me gusta apuntarlo, y ya tengo unos cuantos. Hay algunos nombres de mujer raros, que son el femenino de nombres de hombre bastante habituales, como Oscarina, Eduarda o Bernabea. Otros, simplemente son raros, como Perferada, Baralides, Adalgisa, Dorinda, Eudalda o Práxedes. ¡Ojo! También los hay masculinos: Bellido, Pompeyo, Antero o Sandalio, son algunos de los mejores que me he encontrado

   Pero mis preferidos, mi top 3 de todos los tiempos son CLOROLDO, ERÓTIDA y, por supuesto, MARCIANA. Estos sí que sí.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Oscuro, muy oscuro



Sofía había dejado de escuchar a la maestra. Miraba por la ventana, distraída, impaciente, esperando el sonido de la campana. Ya debía de faltar poco. Parecía que había pasado una eternidad desde que se sentaron por la mañana en sus pupitres…

RIIIIIIIIIIIIIIING

Todos se levantaron, gritando, dejando a doña María con la palabra en la boca. La pobre, que con tanto interés estaba contando a los chicos algo sobre osos polares y el ártico, se había convertido ahora en una especie de agente del tráfico, tratando de organizar a la marabunta de niños que corría con sus bocadillos envueltos en papel de aluminio en la mano. 

    Sin correr, por favor, en fila india —, nada, ni los niños alocados y hambrientos, podía con la inagotable paciencia de doña María. Sofía pensaba que era la mejor maestra del mundo, quizá porque lo fuera, o quizá porque no había conocido a otra—. Vamos, niños, uno detrás de otro, sin correr…

Sofía llegó al patio de las primeras de su clase. El sol había hecho su aparición después de varios días de lluvia y, por fin, podían salir a la parte descubierta del patio, la más grande, la que más le gustaba. Abrió el envoltorio de su bocadillo por una esquinita para ver de qué se lo había hecho su abuela aquella mañana: salchichón. Le dio el primer bocado, le estuvo rico. Enseguida llegaron sus compañeros y el bocadillo quedó relegado a un segundo plano. Miguel comenzó a correr tras Gerardo, Aurora perseguía a Mercedes y Sofía salió detrás de Manolo. Un improvisado “pillao” se había convertido en el juego de aquel recreo. Después de varias carreras, Sofía se detuvo para recuperar el aliento. Todavía llevaba medio bocadillo en la mano, pero había perdido la mitad de las rodajas de salchichón.  Se acercó a la fuente para beber agua, aunque le costaba llegar al grifo porque estaba muy alta. Se tenía que poner de puntillas para arrimar su boca al chorro. Muchos años después, ya siendo adulta, un día pasaría por la puerta del colegio, se asomaría al patio y se daría cuenta de que la “enorme” fuente le llegaba a la altura de las rodillas.

Se dio media vuelta para volver al juego cuando se dio cuenta de que había una bolsa de basura en el centro del patio. Era una bolsa de basura negra, muy grande, y parecía medio vacía. Era extraño que estuviera allí, pero a nadie parecía llamarle la atención. La señora de la limpieza debía haberla olvidado. “Todos somos humanos”, pensó.

Se acercó con curiosidad. Miró a derecha e izquierda: sus compañeros jugaban, corrían y gritaban, ignorándolas a ella y a la enorme bolsa. Se volvió hacia doña María, ahora convertida en vigilante del patio, pero tampoco parecía prestarle atención alguna. Se agachó un poco, miró sin tocar. Era una bolsa de basura al uso, quizá más grande de lo normal y estaba limpia. Estiró un brazo y, agarrándola por un extremo, la abrió para mirar en su interior. Aunque no alcanzaba a ver hasta el fondo, estaba vacía, al contrario de lo que le había parecido al principio. Levantó un poco más el extremo de la bolsa y la abertura se hizo más grande. Seguía sin ver nada en absoluto y siguió estirando. Continuó abriéndola hasta que llegó a pasarla por encima de su cabeza. Quería saber más, qué había allí dentro… y no vaciló. Cubrió su cabeza con la bolsa hasta meterse dentro. La oscuridad total se apoderó de su alrededor más inmediato. Ya no veía el patio, ni la fuente, ni a doña María, ni a los niños… aunque los escuchaba, a lo lejos. A pesar del negror, de que no veía nada en absoluto, siguió avanzando. No encontraba el fondo de la bolsa, era como un pasadizo por el que seguía avanzando y nunca llegaba el fin. Había cerrado los ojos, porque daba igual tenerlos abiertos o cerrados…

De repente, silencio absoluto. “¿Dónde están los niños?”, pensé mientras notaba cómo me iba despertando. Saqué la cabeza de debajo de la sábana, todavía confundida. Estiré el brazo y palpé cada centímetro de pared hasta encontrar el interruptor. Tuve que guiñar los ojos para acostumbrarme a la luz que llenó mi habitación. “¿A quién se lo ocurre meterse dentro de una bolsa de basura?” Apagué la luz, me escondí entre las sábanas y seguí durmiendo.


Basado en un sueño de mi infancia

lunes, 5 de mayo de 2014

Apuntes de su juventud: Don Otilio



         A los 12 años, cambió de escuela. Don Otilio sí que era la caña. Atención al cuarto párrafo:

Ya tenía doce años cuando dejé de ir a la escuela del tío Juan, porque mis padres me mandaron para que aprendiese más a un colegio regido por un maestro, que Otilio se llamaba, que había cursado sus estudios en Madrid. Además de ser maestro, era en sumo grado un excelente ebanista. El único defecto, o mejor dicho desgracia, que tenía era que estaba un poco sordo, cuyo motivo le prohibía ser maestro nacional, pero trabajador y enseñar con superior interés, como él solo.

Íbamos a su escuela unos dieciocho o veinte. Pagábamos doce pesetas mensuales. Tal interés tenía él por enseñarnos y nosotros por aprender, que no salíamos de la escuela o del taller que había dedicado a ebanistería para los ratos que tenía libres, ya fuese día de clase o festivo. Por las mañanas, particularmente en el verano, mucho antes de que se viera, ya estábamos en la puerta y llamábamos a la ventana de su dormitorio para que nos diese la llave. Nosotros sentíamos tenerlo que despertar tan temprano y acordamos que nos dejase la llave debajo de las portadas en el gaterón, como vulgarmente se dice. Él se levantaba a eso de las siete o las ocho, desayunaba y comenzaba la clase, preguntando y explicando prácticamente la lección que había enseñado el día anterior.

En otoño, los jueves si los hacía buenos, salíamos de paseo o bien a recoger leña, ya que lo hacíamos como si fuese deporte, corteza de pino y las piñas secas que había por el suelo, para luego en el invierno encender la estufa que teníamos en la escuela. Como tanto interés tenía porque aprendiésemos y que no fuesen unos más atrasados que otros, les prohibía a los padres que quitaran a los hijos de la escuela ni para unos momentos. En el pueblecillo, como era chico, todos nos conocíamos y sabíamos donde vivía cada cual y en cuanto empezaba la clase ya sabíamos quién faltaba. Inmediatamente nos decía Don Otilio “¡Id a su casa a por él y traédmelo de una oreja!”. Acto seguido era cumplida la orden. Si no se hallaba en cama y es que se lo había llevado su padre para que le ayudase en alguna faena imprescindible del campo, luego en el café o donde viese a su padre, el maestro ya le tenía el broncazo y le decía que fuese la última vez que se lo quitaba de la escuela.

En lo referente a la limpieza corporal de sus alumnos era sumamente severo, principalmente con las manos y la cara. Si alguna vez iba sin lavarse alguno, ya fuese verano o invierno, el maestro le hacía, como al que antes de matarlo le hacen que se haga el hoyo para después enterrarlo, que sacase agua del pozo para lavarse y por toalla para secarse una cortina de saco que había sobre una de las puertas. Ya se guardaría otra mañana de ir sin lavarse. Esto servía de ejemplo a los demás.