domingo, 13 de abril de 2014

El clérigo malvado

Dicen que para aprender a escribir hay que leer mucho, y leer a los mejores. El otro día cayó en mis manos un librito de relatos de H.P. Lovecraft, el autor preferido de Pablo Maestro y del que, aunque sea para matarme, nunca había leído nada. Me gustó mucho la historia de El clérigo malvado. Me parece un gran ejemplo de auténtico relato de terror. Aquí lo dejo, para quien quiera disfruta del maestro de la literatura de terror y ciencia ficción:


EL CLÉRIGO MALVADO

Un hombre grave que parecía inteligente, con ropa discreta y barba gris, me hizo pasar a la habitación del ático, y me habló en estos términos: 

-Sí, aquí vivió él..., pero le aconsejo que no toque nada. Su curiosidad lo vuelve irresponsable. Nosotros jamás subimos aquí de noche; y si lo conservamos todo tal cual está, es sólo por su testamento. Ya sabe lo que hizo. Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no sabemos dónde está enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa sociedad. 

-Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le ruego que no toque lo que hay en la mesa, eso que parece una caja de fósforos. No sabemos qué es, pero sospechamos que tiene que ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo demasiado fijamente. 

Poco después, el hombre me dejó solo en la habitación del ático. Estaba muy sucia, polvorienta y primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era el tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros clásicos y de teología, y otra librería con tratados de magia: de Paracelso, Alberto Magno, Tritemius, Hermes Trismegisto, Borellus y demás, en extraños caracteres cuyos títulos no fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy sencillos. Había una puerta, pero daba acceso tan sólo a un armario empotrado. La única salida era la abertura del suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una increíble antigüedad. Evidentemente, esta casa pertenecía a la vieja Europa. Me parecía saber dónde me encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces sabía. Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que se trataba de un pequeño puerto de mar. 

El objeto de la mesa me fascinó totalmente. Creo que sabía manejarlo, porque saqué una linterna eléctrica -o algo que parecía una linterna- del bolsillo, y comprobé nervioso sus destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era menos un rayo de luz que una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo no la consideraba una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en el otro bolsillo. 

Estaba oscureciendo, y los antiguos tejados y chimeneas, afuera, parecían muy extraños tras los cristales de las ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en mi libro el pequeño objeto de la mesa y enfoqué hacia él los rayos de la peculiar luz violeta. La luz pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo de minúsculas partículas violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas partículas con la vítrea superficie del extraño objeto parecieron producir una crepitación, como el chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una lluvia de chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia rojiza, y una forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en su centro. Entonces me di cuenta de que no estaba solo en la habitación... y me guardé el proyector de rayos en el bolsillo. 

Pero el recién llegado no habló, ni oí ningún ruido durante los momentos que siguieron. Todo era una vaga pantomima como vista desde inmensa distancia, a través de una neblina... Aunque, por otra parte, el recién llegado y todos los que fueron viniendo a continuación aparecían grandes y próximos, como si estuviesen a la vez lejos y cerca, obedeciendo a alguna geometría anormal. 

El recién llegado era un hombre flaco y moreno, de estatura media, vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta años y tenía la tez cetrina, olivácea, y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta. Su cabello negro estaba bien cortado y pulcramente peinado y su barba afeitada, si bien le azuleaba el mentón debido al pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de acero. Su figura y las facciones de la mitad inferior de la cara eran como la de los clérigos que yo había visto, pero su frente era asombrosamente alta, y tenía una expresión más hosca e inteligente, a la vez que más sutil y secretamente perversa. En ese momento -acababa de encender una lámpara de aceite- parecía nervioso; y antes de que yo me diese cuenta había empezado a arrojar los libros de magia a una chimenea que había junto a una ventana de la habitación (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no había reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los volúmenes con avidez, saltando en extraños colores y despidiendo un olor increíblemente nauseabundo mientras las páginas de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador. De repente, observé que había otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, vestidos de clérigo, entre los que había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo. Aunque no conseguía oír nada, me di cuenta de que estaban comunicando una decisión de enorme trascendencia al primero de los llegados. Parecía que lo odiaban y le temían al mismo tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos. Su rostro mantenía una expresión severa; pero observé que, al tratar de agarrar el respaldo de una silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le señaló la estantería vacía y la chimenea (donde las llamas se habían apagado en medio de un montón de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial disgusto. El primero de los recién llegados esbozó entonces una sonrisa forzada, y extendió la mano izquierda hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos parecieron sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la empinada escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo que se volvían y hacían gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el último en abandonar la habitación. 

El que había llegado primero fue a un armario del fondo y sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un extremo a un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble y empezó a hacer un nudo corredizo en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a ahorcar, corrí con la idea de disuadirlo o salvarlo. Entonces me vio, suspendió los preparativos y miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me llenó de inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia mí con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios. 

Sentí que me encontraba en un peligro mortal y saqué el extraño proyector de rayos como arma de defensa. No sé por qué, pensaba que me sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz violeta primero y luego rosada. Su expresión de exultación lobuna empezó a dejar paso a otra de profundo temor, aunque no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y agitando los brazos violentamente en el aire, empezó a retroceder tambaleante. Vi que se acercaba a la abertura del suelo y grité para prevenirlo; pero no me oyó. Un instante después, trastabilló hacia atrás, cayó por la abertura y desapareció de mi vista. 

Me costó avanzar hasta la trampilla de la escalera, pero al llegar descubrí que no había ningún cuerpo aplastado en el piso de abajo. En vez de eso me llegó el rumor de gentes que subían con linternas; se había roto el momento de silencio fantasmal y otra vez oía ruidos y veía figuras normalmente tridimensionales. Era evidente que algo había atraído a la multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que yo no había oído? A continuación, los dos hombres (simples vecinos del pueblo, al parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron paralizados. Uno de ellos gritó de forma atronadora: 

-¡Ahhh! ¿Conque eres tú? ¿Otra vez? 

Entonces dieron media vuelta y huyeron frenéticamente. Todos menos uno. Cuando la multitud hubo desaparecido, vi al hombre grave de barba gris que me había traído a este lugar, de pie, solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto, fascinado, pero no con temor. Luego empezó a subir la escalera, y se reunió conmigo en el ático. Dijo: 

-¡Así que no ha dejado eso en paz! Lo siento. Sé lo que ha pasado. Ya ocurrió en otra ocasión, pero el hombre se asustó y se pegó un tiro. No debía haberle hecho volver. Usted sabe qué es lo que él quiere. Pero no debe asustarse como se asustó el otro. Le ha sucedido algo muy extraño y terrible, aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y la personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la necesidad de efectuar ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir gozando de la existencia y de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aquí, y no creo que desee regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a Estados Unidos. 

-No debe volver a tocar ese... objeto. Ahora, ya nada puede ser como antes. El hacer -o invocar- cualquier cosa no serviría sino para empeorar la situación. No ha salido usted tan mal parado como habría podido ocurrir..., pero tiene que marcharse de aquí inmediatamente y establecerse en otra parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido más grave. 

-Se lo explicaré con la mayor franqueza posible. Se ha operado cierto cambio en... su aspecto personal. Es algo que él siempre provoca. Pero en un país nuevo, usted puede acostumbrarse a ese cambio. Allí, en el otro extremo de la habitación, hay un espejo; se lo traeré. Va a sufrir una fuerte impresión..., aunque no será nada repulsivo. 

Me eché a temblar, dominado por un miedo mortal; el hombre barbado casi tuvo que sostenerme mientras me acompañaba hasta el espejo, con una débil lámpara (es decir, la que antes estaba sobre la mesa, no el farol, más débil aún, que él había traído) en la mano. Y lo que vi en el espejo fue esto: 

Un hombre flaco y moreno, de estatura media, y vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana, de unos treinta años, y con unos lentes sin montura y aros de acero, cuyos cristales brillaban bajo su frente cetrina, olivácea, anormalmente alta.
Era el individuo silencioso que había llegado primero y había quemado los libros. 

Durante el resto de mi vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre.

martes, 8 de abril de 2014

Hace 20 años...

Ayer pensé en escribir una entrada sobre Kurt Cobain y Nirvana y precisamente esta mañana me he encontrado, por casualidad y sin buscarlo, con un artículo muy curioso sobre su vida: Ten things you might not know about Kurt Cobain. Me ha gustado mucho, porque efectivamente habla sobre curiosidades y excentricidades del cantante que desconocía, como, por ejemplo, que cuando era un niño tenía un amigo imaginario llamado Boddah, al que hace referencia en el principio de Lithium, "I’m so happy... cause today I found my friends. They’re in my head, ...” y al que se dirigió en su carta de suicidio.



Nirvana fue uno de mis grupos favoritos en la adolescencia y supongo que lo sigue siendo aunque ahora no lo escuche a diario. Me ha traído muchísimos recuerdos esta foto de la cara de Kurt que llevé durante años estampada en mi camiseta preferida.

Lo cierto es que debía ser un tío muy raro, porque lo veías dando saltos en un escenario o con unas gafas de sol rosas enormes cuando, por otro lado, era una persona tímida y un poco acomplejada con su físico. Comentan en el artículo que era un terror al volante y que en uno de sus primeros viajes en la furgoneta del bajista todos se turnaron para conducir, excepto él... y no porque no quisiera, sino porque no le dejaron... aseguraban que conducía "like an old lady" :)

Me ha hecho ilusión leer que su libro preferido fuera El perfume, de Patrick Süskind, porque también es uno de los míos.

Al margen de sus extravagancias y controversias, este hombre y su grupo marcaron a toda una generación. Esto parece un tópico, lo he oído en todas las noticias de estos días sobre el aniversario de su muerte, pero yo creo que es cierto.

 Os dejo unos cuantos temas, seguro que os traen viejos recuerdos...

martes, 25 de marzo de 2014

El pequeño boy scout



Descansaba sentada en un banco cercano al estanque, con la única compañía de un periódico. Sentía la obligación de llevarlo consigo, aunque no pensaba leerlo. Se lo sabía prácticamente de memoria. Sintió un ligero escalofrío y se abrazó el cuerpo con los brazos, estrujando sin querer el periódico contra su pecho. La humedad del ambiente le recordó que el otoño no había hecho más que empezar y aquel hermoso parterre a su espalda tenía los días contados.
Un niño interrumpió su soledad. Pasó distraído por el camino de tierra a pocos metros del banco y, sin previo aviso, sin preguntar siquiera, se sentó a su lado. Vestía ropa de boy scout. Llevaba pantalón corto a pesar de que ya empezaba a refrescar y unas grandes gafas de pasta, demasiado grandes para él, le resbalaban continuamente por la nariz.
— Hola. ¿Es usted doctora? —le preguntó fijándose en la bata blanca, inmaculada, que vestía.
— Sí, bueno… —el chico la miraba con interés, pero ella dudó antes de continuar. No le apetecía dar explicaciones y menos a un niño al que no conocía de nada—. ¿Vives por aquí cerca?—María se abrochó los botones de la bata e hizo ademán de levantarse.
  No lo sé —le contestó el niño.

María empezó a sentirse un poco incómoda. Sabía que aquel pequeño boy scout no iba a hacerle daño, pero había algo extraño en él que la desconcertaba.

— ¿Cómo que no lo sabes? ¿Estás solo? Habrás venido con tus amigos, o con tus padres. Seguro que están por aquí cerca —. María, ya de pie, miró a su alrededor. En algún lugar de aquel parque debía haber alguien buscando a ese niño.
— Se parece mucho a alguien que conozco. ¿No tendrá una hermana mayor? — le preguntó el niño, mientras se ponía de pie también. Si María daba un paso para separarse de aquel banco, el chico daba un paso en dirección a ella.
— No, no tengo hermanas. Dicen que todo el mundo tiene un doble en alguna parte... Verás, no quiero dejarte aquí solo, pero tengo que irme. Vamos a buscar a tus padres antes de que sea más tarde. Seguro que estarán preocupados… —María cogió la mano del chico y comenzó a andar por el camino de tierra. Le incomodaba un poco su manera de mirarla y quería irse de allí, pero le daba pena dejarlo solo. Sus padres se llevarían un buen susto cuando se dieran cuenta de que se había perdido.
  No pueden estar preocupados. Mis padres están muertos—, le dijo el chico, dirigiendo su mirada al suelo. María se quedó helada—. Mi padre murió cuando yo era pequeño. Mi madre, hace unos días, en el hospital… —le contó con un hilo de voz.

El niño se subió las gafas por enésima vez y unos pequeños ojos pardos la miraron a través de ellas. Se llamaba Marcos, llevaba su nombre bordado en la solapa de su camisa. “¿Marcos? Terrible casualidad”, pensó.

— Marcos, sé que estás muy triste y que no te sientes bien. Dime dónde vives y te acompañaré. No te preocupes, en un ratito estarás en casa, con tu familia.
— Mi mamá tuvo un accidente con el coche. La llevaron corriendo al hospital…
— Marcos, ¿cómo se llama tu mamá? —, apretaba con fuerza el periódico entre sus brazos. No podía creer que aquel niño fuera su hijo...
  Flora. Mi mamá se llamaba Flora.

María sintió vértigo, un dolor tremendo cruzó su estómago. Flora… Flora… el nombre que daba vueltas y vueltas en su cabeza… aquella chica que murió en sus brazos en el hospital hacía unos días… Flora fue su última paciente. No había reunido todavía las fuerzas para volver… y no sabía si llegaría a conseguirlo.
— ¡Marcos! ¡Maaaarcos! —, una voz masculina la devolvió a aquel parque.
Un hombre no mucho mayor que ella hacía señas al niño a lo lejos. El boy scout le estiró de la bata, obligándole a agacharse hasta su altura, y le susurró al oído:
— No se preocupe, María. No fue culpa suya.
María observó al niño alejarse, preguntándose cómo habría llegado hasta ella. Al fondo, tras una espesa arboleda, asomaba la azotea del hospital. Echó un último vistazo al coche destrozado en la portada del periódico… Era hora de volver al trabajo.

lunes, 17 de marzo de 2014

¡Dame eso!



   ¡Dame eso!—, me gritó Sofía, lanzándose a por el sobre que acababa de sacar del buzón—. ¡Es mío! ¡Dámelo ahora mismo!—. Desde que se carteaba con ese chico, mi hermana estaba insoportable, no la reconocía. Si aquello era el amor, yo no quería enamorarme nunca.

En plena batalla campal, nuestro padre abrió la puerta de casa. 

   ¿Qué estáis haciendo? ¿Por qué sonríes, Olga?—mi hermana no conseguía su carta y yo no podía evitar disfrutar al verla, histérica. Además, hacía un viento terrible y sus mechones rubios volaban sin control hacia todos lados, dando a mi hermana una apariencia todavía más alocada.
   Olga, por favor, dale a tu hermana la dichosa carta y dejad de hacer ruido. Vuestra madre intenta descansar...

Hice caso a mi padre, no quería disgustarlo. Sofía corrió hacia el piso de arriba y se encerró en el cuarto de baño. Odiaba que la interrumpiésemos cuando leía sus cartas de amor.
Yo corrí detrás de ella, pero no llegué a tiempo de entrar. Me dio con la puerta en las narices. Me senté apoyando la espalda en la puerta a esperar a mi hermana, tenía todo el tiempo del mundo.
Unos instantes después, sentí un murmullo, un leve llanto, un dolor que intentaba ser contenido. 

   Sofi, ¿qué pasa?—, susurré con la cara pegada al picaporte. No quería que me oyera mi padre—. Sofi, te oigo llorar. Abre la puerta.

Casi me doy de bruces en los azulejos del baño cuando mi hermana soltó el pestillo. Ella era tan madura, o al menos lo parecía, a veces incluso distante, que me sorprendió verla deshecha, con una mirada inocente envuelta en lágrimas, preguntándose qué había hecho mal para que su mayor sueño se esfumara así, en cuestión de segundos, en unas pocas palabras escritas a mano en un papel.

Abracé a mi hermana mayor y ella se dejó abrazar. Me convencí de nuevo de algo que ya tenía muy claro: si aquello era el amor, no quería enamorarme nunca.